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miércoles, 12 de febrero de 2014

El Katrina

Huracán Katrina
En el año 2005, el huracán Katrina azotó la costa del Caribe de los Estados Unidos, con especial intensidad en la ciudad de Nueva Orleans. Se produjeron 1.836 víctimas mortales y daños materiales por valor de 65.000 millones de euros. 
El Mississippi, el río más largo y caudaloso de toda Norteamérica, desemboca en el Atlántico a la altura de Nueva Orleans. Durante décadas, este río se ha canalizado y represado, por lo que los sedimentos que aportaba al mar habían disminuido considerablemente. Estos sedimentos hacían de barrera natural frente a las grandes olas provocadas por los huracanes, evitando que golpearan con fuerza en la costa. 
Muchas zonas de Nueva Orleans estaban construidas en zonas que estaban por debajo del nivel del mar y que solo quedaban protegidas del agua por la construcción de diques cada vez más y más altos. Varios diques reventaron, entre otras razones, por las olas que produjo el Katrina y que ya no fueron frenadas por los sedimentos del Mississippi. 
Geografía e Historia 1ºESO, Ed. Sanillana. 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Scott en el infierno blanco

Scott escribiendo su diario en la cabaña del cabo
Evans durante el invierno de 1911. Fuente: Wikipedia
En 1910, el británico Robert Falcon Scott se propuso alcanzar el polo Sur junto a sus camaradas Wilson, Evans, Oates y Bowers. Pero apareció un inesperado competidor. El noruego Roald Amundsen, a las 15:00 horas del viernes 14 de diciembre de 1911, fue la primera persona en alcanzar los 90º de latitud sur, es decir, el polo Sur de la Tierra. Scott llegó al mismo destino un mes después, el 18 de enero de 1912. Allí encontró la tienda abandonada de los noruegos, su bandera y una carta que le había dejado Amundsen deseándole un feliz regreso. Pero mientras que Amundsen regresó sano y salvo a su patria, la expedición de Scott tuvo que enfrentarse a uno de los momentos de frío más intenso registrados en la Antártida. El 29 de marzo, cuando habían recorrido unos 1.200 km y estaban tan solo a 180 km del campamento base y a 16 km del siguiente puesto de avituallamiento, Scott y sus compañeros fueron sorprendidos por una tormenta de nieve. Montaron la tienda y allí Scott escribió sus últimas palabras “Hemos vivido, me gustaría tener una historia que contar sobre la fortaleza, resistencia y valor de mis compañeros que removería el corazón de todos… No me arrepiento de nada”. El 12 de noviembre, Atkinson, jefe de la patrulla de búsqueda, halló la tienda enterrada en la nieve. Había solo tres hombres en sus sacos de dormir, Wilson, Bowers y Scott, y parecía que habían muerto plácidamente, como en un sueño. Evans y Oates debían de haber perdido la vida en el camino. Los cinco expedicionarios entregaron sus vidas a las gélidas manos del infierno blanco.

martes, 9 de octubre de 2012

Cómo se produce la gota fría

A veces, sobre todo en las estaciones intermedias (otoño y primavera), se puede producir el estrangulamiento y aislamiento de uno de los "meandros" de una masa de aire frío y seco procedente de zonas polares y árticas. Este estrangulamiento deja sobre el cuadrante noroeste de la Península un embolsamiento de aire gélido denominado "gota fría", que puede alcanzar los -29ºC a 5.400 m. de altitud. 

Este embolsamiento entra en contacto con el aire que está sobre el Mediterráneo, que se ha mantenido caliente por la acción de este mar cerrado y calentado a lo largo de todo el verano, lo que provoca una inversión térmica muy fuerte, un movimiento de ascensión vertical del aire (baja presión) y la rápida saturación del grado de humedad del aire, lo que provoca una fuerte precipitación. Esta situación se refleja en un mapa de superficie mediante una borrasca que tiene su centro sobre la costa mediterránea, con presiones muy bajas (996 mb.). El cuadrante NE de la Península se ve afectado por un temporal de agua y nieve, y el resto del país por abundante nubosidad y temperaturas muy bajas. 

M. Toharia, Tiempo y clima, 1981 (reelaborado por Ed. Santillana). 

jueves, 30 de agosto de 2012

Los fiordos noruegos

Vista de satélite de la costa noruega (Wikimedia)
Mirad un mapa de la costa occidental de Noruega. Es difícil, si el mapa es algo detallado, descifrar su intríngulis. Se pierde la noción de la costa seguida y compacta. Las sinuosidades son brusquísimas. Hay fiordos que entran como un clavo de agua hincado en la tierra por distancias superiores a los cien kilómetros. Nótese, además, que entre la tierra firme y el mar libre hay una cinta de islas más o menos grande, de islitas y de rocas. Su número es incalculable: las hay a miles, de todos los tamaños. Entre ellas hay un laberinto de canales, de estrechos y de pasos de una profusión complicada. En conjunto resulta un tejido de agua y de tierra de una variedad tan delirante que llega a ser monótona y abrumadora. 
Se precisa un breve rato de navegación por el fiordo para ver desaparecer todo rastro de mar. La salobridad áspera del océano muere ahogada en el hedor de la resina y de la corteza rojiza de los abetos. Desaparecen los colores quemados, los árboles retorcidos y la rocalla trabajada por la resaca. La vegetación se vuelve lujuriante y los verdes cálidos adquieren, tocados por la luz dulce y pálida de este país, tonalidades de azul delirante. El barco, rodeado por todas partes por un cierre de montañas, parece navegar por las aguas de un lago. Los minúsculos puertos de los márgenes pierden su carácter marino, no se ven ya los colgajos de red negra ni las sarts de pescado puesto a secar sobre una cuerda. El agua dulce de los deshielos no deja subir el agua salada. El pescado de estas confluencias es el salmón. Los fiordos comunican con el mar, pero nada tienen que ver con el mar.
Fiordo de Geiranger en Noruega (Wikimedia)
Los fiordos son valles de agua; la impresión que producen es exactamente esta. Se da el mismo silencio, el mismo ahogo, el mismo misterio de los valles montañeses. A veces las rocas caen aplomadas y desnudas sobre el agua muerta y se reflejan sobre el abismo sin fondo del fiordo. Otras veces se dejan caer describiendo una curva dulce cubierta de hierba tierna y de abetos oscuros, salpicada de casas minúsculas, sobre la arena negruzca y el pantanal adormecido. Las cascadas, los torrentes, los arroyos y los regueros que bajan de las rocas y los pinares, toda la música del agua que cae sobre le fiordo, el aire solitario y desierto de los vericuetos, los remansos profundos e innumnerables, adormilados sobre un velo de niebla, el viento fino que riza el agua, todo cuanto veis y oís, os lleva a la memoria la vida de las montañas. Los puñados de nieve rosada de las cumbres, las formas monstruosas de las rocas altas, su desnudez metálica coloreada de ácidos, los musgos blandos y pegajosos, terminan de remachar esa sensación montañesa.
Ello no quiere decir, no obstante, que estas comparaciones sirvan para todos los momentos. El fiordo es variadísimo y de uan novedad que nunca acaba. A menudo las paredes se agachan y forman como un mar interior. Este mar se puebla de islas, de islotes y de rocas de todos los tamaños y formas, opulentas de vegetación, habitadas o desiertas. Entre estas islas se forma un laberinto inextricable de canales, estrechos, pasos y callejones sin salida más o menos estrangulados.
Los noruegos viven en la fachada de su país. Toda la vida de Noruega transcurre a la orilla del mar o frente a los fiordos. La mayoría de los fiordos, sin embargo, no conducen a ninguna parte; las pendientes de sus márgenes los hacen inhóspitos. 

Josep Pla, Cartas de lejos, 1947.


martes, 28 de agosto de 2012

La sombra y el agua en la sabana africana

El que viaja por los altiplanos de África, por la infinitud del Sahel y de la sabana, siempre contempla el mismo y asombroso cuadro que no cesa de repetirse: en las inmensas extensiones de una tierra quemada por el sol y cubierta por la arena, en unas llanuras donde crece una hierba seca y amarillenta, y sólo de vez en cuando algún que otro arbusto seco y espinoso, cada cierto tiempo aparece, solitario, un árbol de copa ancha y ramificada. Su verdor es fresco y tupido y tan intenso que ya desde lejos forma, claramente visible en la línea del horizonte, una nítida mancha de espesura. Sus hojas, aunque en ninguna parte se percibe una sola brizna de viento, se mueven y despiden destellos de luz. ¿De dónde ha salido el árbol en este muerto paisaje lunar? ¿Por qué precisamente en este lugar? ¿Por qué uno solo? ¿De dónde saca la savia?
Vista de la sabana de Tanzania (Wikimedia)
A veces, tenemos que recorrer muchos kilómetros antes de toparnos con otro. A lo mejor, en tiempos, crecían aquí muchos árboles, un bosque entero, pero se los taló y quemó y sólo ha quedado este único mango. Todo el mundo de los alrededores se ha precupado por salvarle la vida, sabiendo cuán importante era. Es que en torno a cada uno de estos árboles solitarios hay una aldea. En realidad, al divisar desde lejos un mango de estos, podemos tranquilamente dirigirnos hacia él, sabiendo que allí encontraremos gente, un poco de agua e, incluso, tal vez algo de comer. Esas personas han salvado el árbol porque sin él no podrían vivir: bajo el sol africano, para existir, el hombre necesita sombra, y el árbol es su único depositario y administrador. Si en la aldea hay un maestro, el espacio bajo el árbol sirve como aula escolar. Por la mañana acuden aquí los niños de todo el poblado. No existen cursos ni límites de edad: viene quien quiere. La señorita o el señor maestro clavan en el tronco el alfabeto impreso en un hoja de papel. Señalan con una vara las letras, que los niños miran y repiten. Están obligados a aprendérselas de memoria: no tienen con qué ni sobre qué escribir.
Cuando llega el mediodía y el cielo se vuelve blanco de tanto calor, en la sombra del árbol se protege todo el mundo: los niños y los adultos, y si en la aldea hay ganado, también las vacas, las ovejas y las cabras. Resulta mejor pasar el calor del mediodía bajo el árbol que dentro de la choza de barro. En la choza no hay sitio y el ambiente es asfixiante, mientras que bajo el árbol hay espacio y esperanza de que sople un poco de viento. Las horas de la tarde son las más importantes: bajo el árbol se reúnen los mayores. El mango es el único lugar donde se pueden reunir para hablar, pues en la aldea no hay ningún local espacioso. La gente acude puntual y celosamente a estas reuniones: los africanos están dotados de una naturaleza gregaria y muestran una gran necesidad de participar en todo aquello que constituye la vida colectiva. Todas las decisiones se toman en asamblea, las disputas y peleas las soluciona la comunidad en pleno, que también resuelve quién recibirá tierra cultivable y cuánta. La tradición manda que toda decisión se tome por unanimidad. Si alguien es de otra opinión, la mayoría tratará de persuadirlo tanto tiempo como haga falta hasta que cambie de parecer. A veces la cosa dura una eternidad, pues un rasgo típico de estas deliberaciones consiste en una palabrería infinita. Si entre dos habitantes de la aldea surge una disputa, el tribunal reunido bajo el árbol no buscará la verdad ni intentará averiguar quién tiene razón, sino que se dedicará, única y exclusivamente, a quitar hierro al conflicto y a llevar a las partes hacia un acuerdo, no sin considerar justas las alegaciones de ambas. Cuando se acaba el día y todo se sume en la oscuridad, los congregados interrumpen la reunión y se van a sus casas. No se puede debatir a oscuras: la discusión exige mirar al rostro del hablante; que se vea si sus palabras y sus ojos dicen lo mismo.
A la sombra de un mango
Ahora, bajo el árbol, se reúnen las mujeres; también acuden los ancianos y los niños, curiosos por todo. Si disponen de madera, encienden fuego. Si hay agua y menta, preparan un té, espeso y cargado. Empiezan los momentos más agradables, los que más me gustan: se relatan los acontecimientos del día y se cuentan historias en que se mezclan lo real y lo imaginario, cosas alegres y las que despiertan terror. ¿Qué ha hecho tanto ruido entre los arbustos esta mañana, ese algo oscuro y furioso? ¿Qué pájaro tan extraño ha levantado el vuelo y ha desaparecido? Unos niños han obligado a un topo a esconderse en su madriguera. Luego la han descubierto y el topo no estaba. ¿Dónde se habrá metido? A medida que avanzan los relatos la gente empieza a recordar que, en tiempos, los viejos hablaban de un pájaro extraño que, en efecto, había levantado el vuelo y había desaparecido; otra persona se acuerda de que, cuando era pequeña, su bisabuelo le dijo que una cosa oscura llevaba tiempo haciendo ruido entre los arbustos. ¿Cuánto? Hasta donde llega la memoria. Aquí, la frontera de la memoria también lo es de la Historia. Antes no había nada. El antes no existe. La Historia no llega más allá de lo que se recuerda. Aparte del norte islámico, África no conocía la escritura; la Historia nunca ha pasado aquí de la transmisión oral, estaba en las leyendas que circulaban de boca en boca y era un mito colectivo, creado involuntariamente al pie de un mango, en la profunda penumbra de la tarde, cuando no se oían más que las voces temblorosas de los ancianos, puesto que las mujeres y los niños, embelesados, guardaban silencio. De ahí que los momentos en que cae la noche sean tan importantes: es cuando la comunidad se plantea quién es y de dónde viene, se da cuenta de su carácter singular e irrepetible, y define su identidad. Es la hora de hablar con los antepasados, que si bien es cierto que se han ido, al mismo tiempo permanecen con nosotros, siguen conduciéndonos a través de la vida y nos protegen del mal.
Puesta de sol en la sabana
Al caer la noche el silencio bajo el árbol sólo es aparente. En realidad lo llenan muchas y muy diversas voces, sonidos y susurros que llegan de todas partes: de las altas ramas, de la maleza circundante, de debajo de tierra, del cielo. Es mejor que en momentos así nos mantengamos unidos, que sintamos la presencia de otros, presencia que nos infunde ánimo y valor. El africano nunca deja de sentirse amenazado. En este continente la naturaleza cobra formas tan monstruosas y agresivas, se pone máscaras tan vengativas y terroríficas, coloca tales trampas y emboscadas, que el hombre, permanentemente asustado y atemorizado, vive sin saber jamás lo que le traerá el mañana. Aquí todo se produce de manera multiplicada, desbocada, histéricamente exagerada. Cuando hay tormenta, los truenos sacuden el planeta entero y los rayos destrozan el firmamento haciéndolo jirones; cuando llueve, del cielo cae una maciza pared de agua que nos ahogará y sepultará de un momento a otro; cuando hay sequía, siempre es tal que no deja ni una gota de agua y nos morimos de sed. En las relaciones naturaleza—hombre no hay nada que las suavice, ni compromisos de ninguna clase, ni gradaciones, ni estados intermedios. Todo -y durante todo el tiempo— es guerra, combate, lucha a muerte. El africano es un hombre que desde que nace hasta que muere permanece en el frente, luchando contra la -excepcionalmente malévola- naturaleza de su continente, y ya el mero hecho de que esté con vida y sepa conservarla constituye su mayor victoria. Pues bien, ha caído la noche, estamos sentados bajo un árbol enorme y una muchacha me ofrece un vaso de té. Oigo hablar a gentes cuyos rostros, fuertes y brillantes, como esculpidos en ébano, se funden con la inmóvil oscuridad. No entiendo mucho de lo que dicen pero sus voces suenan serias y solemnes. Al hablar se sienten responsables de la Historia de su pueblo. Tienen que preservarla y desarrollarla. Nadie puede decir: leedla en los libros, pues nadie los ha escrito; no existen. Tampoco existe la Historia más allá de la que sepan contar aquí y ahora. Nunca nacerá esa que en Europa se llama científica y objetiva, porque la africana no conoce documentos ni censos, y cada generación, tras escuchar la versión correspondiente que le ha sido transmitida, la cambia, altera, modifica y embellece. Pero por eso mismo, libre de lastres, del rigor de los datos y las fechas, la Historia alcanza aquí su encarnación más pura y cristalina: la del mito. En dichos mitos, el lugar de las fechas y de la medida mecánica del tiempo —días, meses, años— lo ocupan declaraciones como: «hace tiempo», «hace mucho tiempo», «hace tanto que ya nadie lo recuerda». Todo se puede hacer caber en estas expresiones y colocarlo en la jerarquía del tiempo. Sólo que ese tiempo no avanza de una manera lineal y ordenada, sino que cobra forma de movimiento, igual al de la Tierra: giratorio y uniformemente elíptico. En tal concepción del tiempo, no existe la noción de progreso, cuyo lugar lo ocupa la de durar.
Ébano, de R. Kapuscinski

África es un eterno durar. Se hace tarde y todos se van a sus casas. Cae la noche, y la noche pertenece a los espíritus. ¿Dónde, por ejemplo, se reunirán las brujas? Se sabe que celebran sus encuentros y asambleas en las ramas, sumergidas y ocultas entre las hojas. Más vale no molestarlas, mejor retirarse del refugio del árbol: no soportan que se las mire, escuche, espíe. Saben ser vengativas y son capaces de perseguirnos: inocular enfermedades, infligir dolor, sembrar la muerte. De modo que el lugar bajo el mango permanecerá vacío hasta la madrugada. Al alba en la tierra aparecerán, al mismo tiempo, el sol y la sombra del árbol. El sol despertará a la gente, que no tardará en ocultarse ante él, buscando la protección de la sombra. Es extraño, aunque rigurosamente cierto a un tiempo, que la vida del hombre dependa de algo tan volátil y quebradizo como la sombra. Por eso el árbol que la proporciona es algo más que un simple árbol: es la vida. Si en su cima cae un rayo y el mango se quema, la gente no tendrá dónde refugiarse del sol ni dónde reunirse. Al serle vetada la reunión, no podrá decidir nada ni tomar resolución alguna. Pero, sobre todo, no podrá contarse su Historia, que sólo existe cuando se transmite de boca en boca en el curso de las reuniones vespertinas bajo el árbol. Así, no tardará en perder sus conocimientos del ayer y su memoria. Se convertirá en gente sin pasado, es decir, no será nadie. Todos perderán aquello que los ha unido, se dispersarán, se irán, solos, cada uno por su lado. Pero en África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte. Por eso, si el rayo destruye el árbol, también morirán las personas que han vivido a su sombra. Y así está dicho: el hombre no puede vivir más que su sombra. Paralelamente a la sombra, el segundo valor más importante es el agua.
-El agua lo es todo -dice Ogotemmeli, el sabio del pueblo dogon, que habita en Malí-. La tierra procede del agua. La luz procede del agua. Y la sangre.
-El desierto te enseñará una cosa —me dijo en Niamey un vendedor ambulante sahariano—: que hay algo que se puede desear y amar más que a una mujer. El agua.
La sombra y el agua, dos cosas volátiles e inseguras, que aparecen para luego desaparecer no se sabe por dónde.
Ryszard Kapuscinski, Ébano, Barcelona, Anagrama, 2000. 

lunes, 27 de agosto de 2012

Viajar por el desierto

El desierto de Lut
Al salir de Kerman se cabalga durante siete jornadas por camino muy difícil, y explicaré por qué. Durante tres jornadas no se encuentra agua sino de color verde, salada y amarga; basta beber una gota para sufrir diez ataques de desarreglos intestinales, y lo mismo ocurre si se ingiere una pizca de la sal que produce; de ahí que sea necesario llevar de beber para todo el trayecto. Los animales la beben haciendo gran esfuerzo y por pura sed, y les hace sufrir fuertes diarreas. Durante estas tres jornadas no se encuentra albergue, pues es todo desierto y extrema sequedad; y no hay animales, porque no tendrían qué comer. 
 Marco Polo, Libro de las maravillas del mundo, Ed. de Manuel Carrera Díaz, Madrid, Cátedra, 2008, pp.130-131.
Desierto de Lut (Irán)

El desierto de Gobi
Al salir de la ciudad se entra en el desierto, tan grande que llevaría un año para atravesarlo, aunque por el trayecto más estrecho se puede cruzar en un mes. Es todo montañoso, con dunas y valles, y no se encuentra nada que comer. Después de un día y una noche de viaje se encuentra agua, pero para abastecer como máximo a cincuenta o cien personas con sus animales; ese es el tiempo que se necesita para dar con ella; en tres o cuatro sitios el agua es salada y amarga, pero, en los demás, que son veintiocho, es buena. No hay aves ni animales, porque no hay nada que comer. Ocurre allí una cosa sorprendente. Cuando se avanza de noche por aquel desierto, si uno se queda retrasado con respecto a los demás, por haberse dormido u otra causa, al intentar acercarse al grupo se oyen voces de espíritus que se asemejan a los compañeros de viaje. Muchas veces lo llaman por su nombre, obligándolo a desviarse de su ruta, y de esa forma se han extraviado muchos. A menudo se oyen retumbar en el aire instrumentos, más bien tambores. Así ocurre al atravesar el desierto. 
Ibídem, pp. 149-150.

Narúa y Apuluk


Ella se llamaba Narúa, que significa “gaviota”. Sólo tenía once años y siempre había estado más predispuesta a reír que a llorar. Narúa tenía dos hermanos: uno  tan pequeño que pasaba casi todo el tiempo en la bolsa del anorak de su madre, y otro mayor que tenía doce años y se llamaba Apuluk.
En el poblado había muchos niños, porque era un pueblo grande y llevaban varios años sin pasar hambre. Cuando había época de hambruna, contaba su abuelo Shinka, las niñas recién nacidas eran abandonadas a los lobos y zorros. Era mejor desprenderse de las niñas que de los niños, que después crecían y se hacían cazadores.
Obra a la que pertenece este fragmento
Narúa se alegraba de que a ella no la hubieran abandonado. Porque amaba la vida. Su tiempo se repartía entre ayudar a su madre y jugar. Lo que más le gustaba era jugar con Apuluk. Pero éste no siempre tenía tiempo para jugar con su hermana pequeña. Se había hecho tan grande, que algunas veces salía de caza con los hombres. Con once años cazó su primera foca solo, lo que se consideró señal de que ya casi era un hombre.
Ni Narúa ni Apuluk sabían que vivían en la mayor isla de la tierra. Como todos los esquimales, se llamaban a sí mismos inuit, que significa “ser humano”, y por eso su país se llamaba Inuit Nunat, el País de los Seres Humanos.
Lo que sí sabían es que su país era enorme, porque siempre estaban viajando. Los inuit eran nómadas, es decir, se desplazaban de un lugar a otro y no tenían un poblado fijo. Construían casas con piedra y tejado de hierba, y en ellas pasaban el invierno. Eran casas grandes y abrigadas, y en cada una de ellas había sitio para varias familias. 
Cuando viajaban en invierno construían iglús, pequeñas cabañas redondas de nieve helada, tan resistentes que podían soportar el paso de un trineo bien cargado por encima. En verano, los inuit habitaban en tiendas de campaña hechas con pieles de foca.
El abuelo de Narúa y Apuluk se llamaba Shinka. Era un gran contador de historias, porque tenía mejor memoria que los demás. En invierno, cuando prácticamente todo el día era de noche, a veces el tiempo transcurría muy lento, y era en esas ocasiones cuando Shinka se ponía a relatar historias. Hablaba del Hombre de la Luna, que se llamaba Kilaq, y de Kilivpak, que era un animal más grande que un oso y tan extraordinario que cuando lo cazaban y comían, de los huesos roídos volvía a brotar la carne. 
Shinka sabía muchísimas historias, y jamás contaba la misma dos veces, salvo que se lo pidieran. Había oído los relatos a su padre, quien a su vez los había oído del suyo, y los niños comprendían que aquellas historias eran tan antiguas como los propios inuit. 
Cuando Shinka hablaba de los gigantescos habitantes del interior, que eran el doble de grandes que las personas normales y guisaban en ollas enormes a los inuit que atrapaban, los niños se estremecían. Por eso les daba un poco de miedo adentrarse demasiado en los valles en busca de bayas, y se mantenían a una buena distancia del hielo perenne, que se elevaba como la espalda de un gigante tras las rocas de la costa. 
Cuando Shinka contaba algo espeluznante, los niños solían esconderse detrás de su padre, y apoyaban la frente en su espalda. De ese modo se sentían seguros, pues no había nadie más fuerte e invencible que su padre. 
Los  niños siempre estaban de viaje con su familia. Y les gustaba viajar. Tal vez porque nunca habían vivido de otro modo. El viaje les proporcionaba una especie de sosiego, lo mismo que a nosotros tener una casa. Se mudaban de una casa a otra, de un fiordo a otro, y por eso el viaje era su hogar. Encontraban seguridad en sus padres, hermanos y parientes. Dormían juntos y, en suma, siempre estaban juntos.
Los niños no tenían noción del tiempo. Dormían cuando estaban cansados, a menudo se quedaban jugando hasta muy tarde, comían cuando tenían hambre y trabajaban cuando les apetecía. Tal vez por eso los niños inuit, cuando crecían, se convertían en seres humanos contentos y felices.
RIEL, Jorn, El chico que quería convertirse en ser humano, Barcelona, Salamandra, 2007, Capítulo 2.

domingo, 26 de agosto de 2012

Scott en el infierno blanco


En 1910, el británico Robert Falcon Scott se propuso alcanzar el polo Sur junto a sus camaradas Wilson, Evans, Oates y Bowers. Pero apareció un inesperado competidor. El noruego Roald Amundsen, a las 15:00 horas del viernes 14 de diciembre de 1911, fue la primera persona en alcanzar los 90º de latitud sur, es decir, el polo Sur de la Tierra.
Scott llegó al mismo destino un mes después, el 18 de enero de 1912. Allí encontró la tienda abandonada de los noruegos, su bandera y una carta que le había dejado Amundsen deseándole un feliz regreso. Pero mientras que Amundsen regresó sano y salvo a su patria, la expedición de Scott tuvo que enfrentarse a uno de los momentos de frío más intenso registrados en la Antártida.
El 29 de marzo, cuando habían recorrido unos 1.200 km y estaban tan solo a 180 km del campamento base y a 16 km del siguiente puesto de avituallamiento, Scott y sus compañeros fueron sorprendidos por una tormenta de nieve. Montaron la tienda y allí Scott escribió sus últimas palabras “Hemos vivido, me gustaría tener una historia que contar sobre la fortaleza, resistencia y valor de mis compañeros que removería el corazón de todos… No me arrepiento de nada”.
El 12 de noviembre, Atkinson, jefe de la patrulla de búsqueda, halló la tienda enterrada en la nieve. Había solo tres hombres en sus sacos de dormir, Wilson, Bowers y Scott, y parecía que habían muerto plácidamente, como en un sueño. Evans y Oates debían de haber perdido la vida en el camino. Los cinco expedicionarios entregaron sus vidas a las gélidas manos del infierno blanco. 

Rutas de Amundsen y Scott. Fuente: Wikimedia.